Cuentos

MANIQUÍES

Paseaba por el centro de la ciudad, deteniéndose ante los escaparates de las tiendas. Pese al persistente calor de finales del verano, los maniquíes lucían prendas otoño-invierno. Ajenos a la climatología e impelidos por dictados comerciales, en cuanto acaba el mes de agosto pasan página sin inmutarse; fuera pareos, bermudas, vestidos vaporosos y escotados, adiós a las alpargatas con suela de esparto y a los bolsos de fibras vegetales. Esas figuras aparentemente anodinas adoran reeditar modas de décadas anteriores, pero desprecian la nostalgia de corto plazo; si se acerca un cambio de temporada, se precipitan a exhibir los avances de la moda que llega, relegando al desorden de las rebajas los restos de serie.

Reflexionó que los maniquíes han dejado de ser meras perchas expositoras, para convertirse en modelos en sentido amplio: admiramos su estilo, su porte indolente; envidiamos su figura desgarbada y su inexpresiva delgadez; compartimos la banalidad de su destino, la exigua amplitud de sus horizontes. Ellos, en cambio, asisten impasibles al desfile de transeúntes haciendo patente su desdén. Iluminados por una luz cenital, como los personajes bíblicos, fríos en apariencia, a pesar de los tórridos halógenos, atraen a los curiosos que, solitarios o en grupos, dispersos o apretujados frente al escaparate, se detienen a observarlos.

Tras unos instantes de contemplación, leyó las tarjetas de los precios en voz baja, como recitando una jaculatoria, “Camisa lino 119 Euros”, “Pantalón pura lana virgen 159 Euros”, “Suéter cachemir 209 Euros”. Además de comprender que los números terminados en nueve irradian un extraño poder, tuvo una idea más clara de la vida, vislumbró la ocasión en la que podría lucir esas prendas, archivó en la memoria la pose que más las realzaba, se reprendió por ser inconstante en la dieta y el gimnasio, y, lentamente, se apartó del escaparate lanzando de soslayo una última ojeada. Quizá en otro expositor encontrase algo parecido y con precios de menos dígitos.

En su mirada perdida a los maniquíes se les adivina absortos en pensamientos elevados (“¿qué llevaré puesto el sábado, que es día de mucho público?”) o, tal vez, consumidos por amores imposibles. Fascinado por esta idea, permaneció durante largo rato en atenta observación, hasta que creyó reconocer una acartonada pero inconfundible expresión de complicidad. Desde aceras enfrentadas, cercanas pero eternamente inalcanzables, dos maniquíes se devolvían miradas intermitentes. No se trataba de un sensual parpadeo, estos maniquíes no parpadeaban, no digo que no los haya; el efecto se debía al ajetreo del tráfico: un ahora te veo, ahora no te veo, Transportes Palomares ¡zas!, te veo, Bus EMT ¡zas!, te veo, Teletaxi ¡zas!, te veo… y así todo el día, hasta el cierre de las tiendas, cuando las calles se vacían y nada se interpone entre ellos, salvo las persianas de seguridad.

Esperó a que llegara esa hora bruja y se convirtió en sus piernas, su voz y sus lágrimas. Mil veces cruzó la calle a la carrera para escuchar o susurrar confidencias al cristal blindado, memorizando recados y respuestas apasionadas. Así hasta el amanecer, cuando se vio obligado a marcharse porque un coche de la policía se detuvo y sus ocupantes no dejaban de vigilarlo. En ese frenético trajín encontró inesperadamente sentido a su vida. Ahora vuelve todas las noches.

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