Cuentos

EL ASILVESTRADO: UNA VIDA CORTA Y CASI ÉPICA

Una calurosa tarde de mediados de junio, anticipo del bochorno que habría de llegar en los siguientes días y semanas, Paco irrumpió con paso cadencioso, con su chulería torera, en el recinto de la piscina comunitaria, asaeteado por miradas que pretendían ser severas y solo eran desconfiadas, puede que temerosas.  Exhibiendo palmito, muy gallo, como él era, el tatuado torso desnudo, como solía, y las anchas perneras del chándal campaneando, sorteó hamacas y corrillos en los que a su paso se bajaba la voz, hasta alcanzar adonde el grupo de sus amigos, todos en la veintena poco más o menos. Se complacía en invitar a diario a multitud de alborotadores no residentes en la urbanización. Con frecuencia, en las veredas del parque que circunda el montecillo intercambiaba con fruición minúsculos paquetitos por billetes muy plegados, mientras ruidosos ciclomotores iban y venían sin cesar.


Alguien se acercó a hacerle una confidencia. Indolente, se apartó un poco hasta la veranda desde la que se puede contemplar toda la comarca. Una difusa calina desdibujaba levemente la panorámica, con la ciudad y el mar al fondo. Sacó un móvil del bolsillo, tecleó, esperó unos instantes. “¿Oiga? ¿Es el retén de la Policía Municipal? Mire, soy Francisco Serrano Pardo“. Hizo una breve pausa. “Verá, es que estoy en arresto domiciliario y ha venido una patrulla a comprobar si estaba en casa, pero me han pillado en la ducha. Si, una casualidad. No he podido abrirles la puerta por eso. Me acaba de dar el recado un vecino que ha visto a los guardias y les llamo para que sepan que sí que estoy en casa… ¿Sí? ¿No hay problema? Vale, gracias.” Plegó la tapa del teléfono mientras se volvía hacia la pileta, dejando el vacío a sus espaldas. Un crío de cinco años lo estaba mirando desde su pequeñez con los ojos grandes y azules muy abiertos:

   –¿Has estado en la cárcel? – le espetó.

   –Aún no – contestó, ajeno al fatalismo de la respuesta.

Pasó sin detenerse junto a sus amigos ordenando al vuelo y como con desgana: “Vámonos a tomar algo”, y todos se dieron prisa en seguirlo.

Dos semanas después ocurrió lo que ya se conoce: el desafío a un rival, la reyerta y las puñaladas. Tal como leímos en los diarios locales, que faltos de noticias en esa época del año se explayaron en los detalles con el sensacionalismo que acostumbran, el día primero de julio lo encontraron a Paco pudriéndose en el barranco como una alimaña bajo el tórrido sol del mediodía, cubierto de moscardas y con las orejas roídas por las ratas. Nunca pisaría, pues, la cárcel.


No sé por qué, en el sopor de la siesta, el griterío de los más menudos, arriba, en la piscina recién abierta esta nueva temporada, trae a mi memoria todas estas cosas y me pregunto, sin motivo, cuál pudo ser su último pensamiento. Quizá, mientras agonizaba enroscado sobre su abdomen, que le quemaba, desangrándose en medio de un estrépito de chicharras, lo atormentó la duda sobre si aquélla se podía considerar una muerte de valientes. Tal vez, en el último instante, lamentó su falta de currículo. Vete a saber.

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