Microrrelatos

PULSO DE PODER

Tras una acalorada discusión ante los demás jefes de departamento, salí dando un portazo. De ningún modo permitiría que aquella novata me arrebatara el puesto; esta reacción táctica, muestra de suficiencia y seguridad, impresionaría a todos. De vuelta a la sala, expuse desde la penumbra los argumentos definitivos, golpeando con el puntero sobre la maraña de datos que el proyector vomitaba en la pantalla. La arpía se levantó a rebatirme; casi tropezamos, y alguien encendió todas las luces. Recuperada la distancia me miró la bragueta, centrando la atención general en mis pantalones claros. Ahí me desmoroné y perdí, definitivamente, la batalla. Debo feminizar mis gestos; al menos en los lavabos.

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