Cuentos

EL MERECIDO ÉXITO DEL AUTOR FARSANTE

Para quien escribe por oficio la esterilidad creativa es un tormento, porque cesar en la creación es suspender, o minorar, los ingresos, sí, pero también la fama. Es salir (si ya se ha entrado) del artificioso circuito de la actualidad, que equivale a salir de la memoria del público (tan infiel y desmemoriado), y perder así toda posibilidad de trascendencia (fin de todo creador, además de sobrevivir, si puede ser con holgura, mejor aún con lujo), que es lo mismo que poner en entredicho la existencia misma del artista, que aspira a ser recordado eternamente en sus obras (de ficción), y sin ellas su recuerdo se extingue, y es como si él nunca hubiera existido (que le pregunten a Dios, si no).

En tales circunstancias la desesperación induce al plagio, que es un pecado venial porque lo practica la humanidad entera (hace siglos que no hacemos sino repetir, repetir lo que vemos, lo que oímos y lo que leemos), y hacer como hacen todos exime de culpa (lo dice el pueblo llano, que es sabio cuando conviene que lo sea, y torpe, ignorante y mezquino en caso contrario). Además, repetir lo que ha tenido éxito es precisamente lo que hace la naturaleza, y la causa última de que las especies mejoren sus cualidades, y progresen, y pervivan (merezca o no eso la pena).

Consciente o inconscientemente declaramos nuestro amor o nuestro odio, ayudamos o agredimos, herimos o consolamos, sufrimos o gozamos, empleando las palabras y los gestos y las poses que hemos visto en otros, en el cine, en la televisión, o que hemos leído e imaginado (y en este último caso las imágenes posibles no son tantas como lectores, y mucho menos infinitas, como se pudiera pensar porque han dicho algunos que así ocurre, sino que se ciñen a unas pocas escenas o patrones que ya se han impuesto en el imaginario). Así que vivimos una existencia cada vez menos diferenciada en sus detalles mínimos, y por eso no pueden constituir falta alguna las similitudes entre las creaciones que nos entretienen, que nos describen o que nos proyectan.

Reflexionando de este modo, El Autor resolvió sobreponerse al prolongado desaire de las musas mediante el esfuerzo, y desasirse de la parálisis que lo atenazaba acometiendo un intenso trabajo de copia, que él llamó de documentación. Pronto comenzó a redactar textos plagados de sutiles imitaciones de autores célebres (o no tanto), como el abuso intencionado de los paréntesis y de las conjunciones, y usaba los signos de puntuación de tal manera que conseguía apropiarse de forma imperceptible de los matices que dotan de una peculiar cadencia e intención a cada relato. Copiaba palabras que después anidaba, disimuladas, en un nuevo contexto, pero jamás una frase, mucho menos un párrafo. Si acaso se permitía transcribir alguna expresión ambivalente, cuyo sentido o interpretación pudieran alterarse.

Así, dispersando adecuadamente lo copiado, como dispersa el viento los granos de arena en el desierto, de modo que solo podría recomponerse el paisaje acometiendo la imposible tarea de recuperar todas las motas de polvo y restaurarlas a su primitiva disposición, empezó a remitir a la editorial entregas de lo que devino en extenso catálogo de obras, algunas de las cuales llegaron a ser posteriormente premiadas u obtuvieron reconocimiento universal, y todas le reportaron un jugoso beneficio material inmediato.

Sería harto difícil desenmascarar a este esforzado y trabajador farsante, pues para ello habría de leerse, cotejarse y exponer minuciosamente toda su obra junto a todas las demás. Quienes lo intentaron con alguna saña, murieron (de viejos) sin lograrlo; otros desfallecieron antes de conjeturar una denuncia, y, rindiéndose a la evidencia, terminaron por admitir en público y en privado que al socaire del plagio acudió muchas veces la inspiración, y el resultado merece, con frecuencia y a su despecho, el aplauso.

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