Cuentos

CRIMEN SIN CASTIGO

Mi mejor amigo del colegio es Alejandro Gutierrez, pero no le veo desde que acabó el curso. Por eso, mi mejor amigo de las vacaciones es Teo. Si le llamase Teófilo me daría una paliza, es más fuerte que yo; aunque nombres como el suyo son corrientes en este pueblo de la sierra, a él no le gusta. Tampoco sé su apellido; de los amigos que no van a mi escuela no sé el apellido.

Lo mejor de las vacaciones es que los padres son muy permisivos con las normas y los horarios. Mamá dice que quiere saber dónde estoy en todo momento, pero le basta si le digo que estaré con Teo en cualquier lugar que ella conozca. Mi única obligación es estar cerca de la casa a la hora de las comidas, para acudir a la mesa cuando me dan una voz. Lo mismo a la hora de dormir, que en verano es pasada la medianoche.

En ocasiones Teo y yo exploramos la hondonada por la que discurre el río, poco profundo, con algunas pozas ideales para pescar y para bañarse. Otras veces, después de comer, nos reunimos una numerosa pandilla de chavales junto a las ruinas de un corral, en las afueras, para no molestar durante la siesta, y jugamos a tiro al blanco, al que mea más lejos, o a cualquier otra cosa. Las niñas siempre están con cuchicheos y risitas, haciendo cábalas sobre quién le gusta a quién. Los chicos les ponemos cerca toda clase de insectos; algunas se ponen histéricas con eso, y nos divierte verlas correr y gritar. Hay un par de chicos algo mayores que por lo visto las encuentran interesantes y no se apartan de su lado, y a menudo proponen que juguemos a rodar la botella, pero los demás no les hacemos caso. No es divertido jugar a besarse. ¡Puaj!

Por las noches, después de cenar, acudimos con linternas al mismo sitio, formamos un círculo y se cuentan historias de miedo y de asco, con mucha sangre y muertos, escupitajos, pus y fantasmas. Luego organizamos una gran partida al escondite. Como somos muchos, se esconden dos tercios y el otro tercio los busca. Esto fue idea mía; algunos no lo entendieron al principio, porque aún no saben de números quebrados, pero cuando hicimos por sorteo los dos grupos a todos les pareció bien.

Anoche amenazaba tormenta; el viento formaba remolinos de tierra y hojas, y se oía tronar a lo lejos; de vez en cuando nos golpeaba alguna gota de lluvia que parecía venir disparada desde el bosque. Buen escenario para los relatos de terror, pero pronto se hizo incómodo permanecer sentados. Por una cosa o por la otra, muchos reclamaron que empezase el juego del escondite. A Teo y a mí nos tocó en el equipo que debía esconderse. Fuimos juntos hasta la senda que baja al río, y cuando íbamos a ocultarnos cada uno por su lado, Teo me palmeó el hombro y señaló hacia la orilla. Junto a los chopos se distinguía una extraña silueta; parecía un pescador lanzando y recogiendo el sedal con su caña. Teo susurró que le diéramos un susto.

Mientras le respondía que un tipo solitario que pesca de noche con un tiempo de mil demonios no sería fácil de asustar, él ya se había empleado en asustarlo a su modo, lanzándole con fuerza un guijarro. Oímos un golpe seco, después un aleteo en las copas de los árboles y una sucesión de chasquidos en el agua, sin que aparentemente se inmutase el pescador. Teo se irritó por haber marrado el tiro. Nos tumbamos sobre un promontorio para observarlo desde más cerca. Un relámpago lo iluminó todo. Durante ese instante las cosas parecieron discurrir de forma muy lenta: Teo con los brazos en alto sujetando un enorme pedrusco, mi linterna cayendo a los pies del pescador, el pedrusco que le golpea, ahora sí, con un desagradable ruido pastoso, la visión fugaz de un rostro amoratado y deforme, cayéndole colgajos de carne sobre los pómulos.

Echamos a correr. Atravesamos unos matorrales de los que surgían horribles gemidos, tropecé con lo que me parecieron cuatro piernas, un par de ellas con los pantalones bajados hasta los tobillos, creo, no pude verlo bien. Me asusté aún más y corrí como un gamo hasta llegar a casa. Para entonces llovía a cántaros. Mis padres apreciaron con alivio, aunque algo desconcertados, que regresara temprano y me fuera a mi habitación.

Pasé la noche encogido bajo las sábanas, intentando en vano huir de imágenes espeluznantes que se sucedían en mi mente. Pensé que habíamos matado a un hombre, yo no, Teo, ya sé, a un mejor amigo nunca se le deja en la estacada, y si nos interrogaran no negaría que estábamos juntos, sí, bueno, la piedra la tiró él, eso estaba claro.

Hoy amaneció nublado y frío. Mucha gente se ha congregado en el puente para ver los efectos de la tormenta. Cuentan que anoche el viento zarandeaba los chopos como si fueran juncos, quebrando algunos; que la crecida se tragó varias playas de grava, y en otras el río escupió todo tipo de cosas. Un grupo de hombres trabaja limpiando las orillas, para evitar epidemias, ha dicho mi padre; recogen escombros y animales muertos, y a mí me ha dado un escalofrío al ver que cargaban un bulto enorme, pero era un cerdo hinchado como una bota y con la cabeza machacada.

Luego hemos estado atareados recogiendo la casa y preparando el equipaje; mis padres dicen que con el cambio del tiempo no merece la pena apurar aquí los días que nos quedan de vacaciones, y a mí me parece un regalo del cielo que hayan resuelto regresar a la ciudad esta misma tarde. Teo no se ha dejado ver en toda la mañana. La semana próxima empieza el curso y volveré a encontrarme en el colegio con Alejandro Gutierrez. Es mi mejor amigo.

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2 comentarios sobre “CRIMEN SIN CASTIGO

  1. He podido visionar en su totalidad tu relato, no quiero ser grandilocuente, pero me has recordado las visiones que tengo cuando leo a Blasco Ibañez, sois tan gráficos ambos dos… En fin un muy buen relato que se puede leer sin respirar.

    (por alguna razón informática que no comprendo este comentario parece que lo coloque en el post de Andonica, pero en realidad iba dirigido a este relato)

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