Colaboraciones·Cuentos

Ver a través del agua llovida

Foto de Laura Sancho González
Foto de Laura Sancho González

—En medio de la borrasca no se puede ver un caballo ni a un palmo —añadió don Lagos, el Ernesto, a una conversación que nadie bajo el árbol conocía. Todos se miraron extrañados. Gumersindo miró para arriba, por si las nubes anunciaran tormenta, siempre tan ingenuo. El único que entendió qué pasaba con el súbito parlanchín fue Gómez, el Oxígeno.
—Está con calor en el seso —dijo.
No sin desasosiego, los demás continuaron comiendo sus chorizos y sus pedazos de carne asada. La explicación del cocinero los había tranquilizado a medias. El Oxígeno sabía siempre de qué hablaba, pero mentar la borrasca en medio del día tan espléndido y comiendo bajo el árbol, les pareció a los troperos un pésimo argumento de conversación, aunque no a todos.
—No se ven los caballos bayos, don Lagos. Del zaino para el oscuro le digo que se ven, se lo aseguro. —La voz de Camilo, el Marroquí, sonó fuerte después del primer trago de tinto.
—Se ven si no te nubla la vista el monte de álamos. —La contestación llegó como un rebote de luz, fuerte y clara, con la voz grave y espesada por el vino de Lagos, el Ernesto.
—Tiene razón —bajó un tono el Marroquí—, el fondo oscuro le hace de cortina pero de atrás.
—Hablás retorcido, Marroquí —se burló Gómez.
Todos asintieron con un murmullo y un movimiento rápido de cabeza, como diciendo a todo que sí, con tal de que dejaran terminar el asado para echarse un rato a la siesta antes de la partida.
El Marroquí no arrugó. Callado, dejó un pedazo de grasa para los perros, tomó la guitarra, hizo como que afinaba las cuerdas y empezó a rasgarla con el ritmo típico. Pero cuando quiso comenzar a recitar, estalló la voz de Gumersindo:
–¡Hablan de todas esas pavadas sobre caballos para esquivar el asunto principal! Lo que necesita explicación no es lo que no se ve en medio de la borrasca, sino lo que se ve.
–¿Cómo, cómo? –preguntó el Marroquí, contrariado por la interrupción.
Los presentes se miraron unos a otros por ver si alguno descifraba la intención, pero todo eran caras de desconcierto, cuando no de fastidio porque la siesta iba camino de malograrse definitivamente.
–¿Y cuál es ese asunto? –preguntó distraído don Lagos poniéndose en pie de un brinco.
A don Lagos, el Ernesto, de vez en cuando le daban calambres en la pantorrilla que solía remediar descalzándose las botas y haciendo ejercicios de estiramiento en posturas bastante ridículas.
–Lo que se ve en medio de la borrasca es como una especie de proyecciones –respondió Gumersindo.
A su lado, Dositeo, el Perigallo, levantó mucho las cejas, pero él no se arredró:
–Durante una tormenta vi, y no estaba solo –recalcó estas últimas palabras con un canturreo sincopado–, a una banda de cuatreros huir al galope de sus perseguidores. Les comandaba un bandido con cara infantil. Al poco, traspasada aquella loma, vi dos siluetas enfrentadas, los revólveres desenfundados, al de la cara de niño retorciéndose.
El Marroquí separó una mano de la guitarra y movió en círculos el dedo índice a la altura de la sien. Algunos rieron, el Oxígeno escupió lo que fuera que masticase en ese momento.
–Dice la verdad –terció Casimiro, el Tuerto.
Gómez se puso a contar con leves movimientos de la barbilla las botellas vacías desperdigadas por el suelo.
–Yo también estaba allí y pude escuchar un nombre –prosiguió el Tuerto–: Pat Garret, creo.
–Eso no puedo asegurarlo, porque soy duro de oído y la bulla del aguacero tampoco daba facilidades, pero hay más –se animó Gumersindo–; como a una legua de la alberca pude ver a través de la tremenda lluvia a un grupo de conjurados vestidos con túnicas blancas. Rodearon a un patricio de noble porte y le asestaron puñaladas como para hacer carne picada.
Hamlet Conchibáñez, al que llamaban el Sabio porque se sabía de memoria el sesenta y seis por ciento de Crimen y castigo, abandonó la nube de silencio en la que se había sumido por propia voluntad desde el principio de la conversación y barrió de un manotazo todos los argumentos vertidos hasta ese momento.
—¡Pavadas! ¡Estupideces! ¡Dislates! ¡Gansadas! ¡Memeces! —exclamó.
—¿Tiene pinchado el diccionario de sinónimos, don Hamlet? —dijo Gumersindo.
—En lo absoluto, hijo. Lo único que digo es que alguien confundió los frascos, y en lugar de la salsa picante con ají molido, cayena y ajo que había preparado para el asado, rociaron la carne y las achuras con mi mezcla especial para días festivos, que se hace machacando hojas de cáñamo indio, gajos de Lophophora williamsii, el vulgarmente llamado peyote, y sombrerillos de Amanita muscaria.

Sergio Gaut vel Hartman, Héctor Ranea y Enrique Tamarit Cerdá

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