Cuentos

La gran final

Foto de Inés Tamarit Madrigal
Foto de Inés Tamarit Madrigal

El despertador sonó, estridente y molesto, a las seis en punto de la mañana, como cualquier día laborable, pero era domingo. Bruno ya estaba sentado en el borde de la cama. Había hecho algunos suaves giros y flexiones de cuello, se había plegado hasta descansar el pecho sobre los muslos y, con movimientos simétricos de las muñecas, había rotado los puños a uno y otro lado. Para terminar, como de costumbre, él era un hombre de costumbres, había entrelazado los dedos de las manos y volteado las palmas hacia afuera hasta hacer crepitar los nudillos. Esto le resultaba placentero y le hacía pensar que toda su rutina de ejercicios le había sido en verdad útil. En ese preciso momento, siempre era así, escuchó el delator clic del resorte que, inmediatamente, haría restallar el timbre infernal. Alargó el brazo hacia la mesilla y presionó el pulsador que restauró el silencio. Después encendió la luz, suspiró profundamente y se puso en pie. Es improbable que nadie sepa la razón por la que seguía usando ese extemporáneo artefacto un jubilado sin obligaciones que, por otra parte, nunca había dejado de despertarse a diario quince minutos antes de que sonara la alarma. Quizá Lucio, su amigo más cercano, lo supiera, tampoco es seguro, pero ya no es posible preguntarle.
Bruno se vistió de chándal, calentó una taza de agua en el microondas, vertió dentro dos cucharadas de café soluble y una de miel y desayunó, si a eso se le puede llamar desayuno, de pie, apoyado en el banco de la cocina, sin dejar de hacer rodar un cestillo de mimbre repleto de medicamentos para tratar su cardiopatía crónica, a más de otros achaques. Finalmente, ingirió un protector gástrico, un potente analgésico y disolvió en el café una pastilla efervescente de un complejo vitamínico. Se calzó unas zapatillas deportivas, se detuvo apenas unos segundos frente al retrato de familia colgado en el recibidor, pasó con delicadeza el índice sobre la imagen de su difunta esposa, ignoró las llaves de casa que estaban sobre el velador y salió.
En la calle le esperaba Lucio, recostado en la pared, jugueteando con un balón entre las manos.
–Ya pensaba que te habías rajado –dijo Lucio con sorna.
–Que te den, capullo –respondió Bruno sin alterarse.
Caminaron en silencio durante un trecho por calles vacías, observando el inútil cambio de luces de los semáforos.
–No sé por qué hemos quedado tan temprano –se quejó Lucio.
–Para aprovechar la fresca –dijo Bruno–. Más tarde hace mucho calor y no hay quien juegue.
–Pues casi nos hubiera convenido más, ¿no?
–Tampoco hace falta padecer, cabeza de chorlito.
Habían llegado a una placeta con una fuente sin agua rodeada por cuatro bancos de piedra. En uno de ellos charlaban con la voz pausada y ronca de los madrugadores los tres compañeros que completaban el equipo. Se saludaron tosca pero amistosamente con un movimiento de cabeza y una interjección:
–Eh.
–Eh.
Sin más, caminaron todos hasta los límites del barrio. Un solar vallado, anejo a una escuela infantil a la que servía de patio de recreo, permanecía abierto a la calle fuera del horario escolar. La zona encementada hacía las veces de pista de patinaje, compartida, no sin conflicto, con quienes jugaban al baloncesto. Al lado, en una parcela de tierra alfombrada parcial y caprichosamente de hierbajos, había una cancha de fútbol siete, un detalle irrelevante para quienes, por exceso o por defecto, incumplían el requisito de número y se proponían competir allí. El grupo tomó posesión del centro del campo. Pocos minutos después llegó el equipo rival. A esa hora, huelga decirlo, no había nadie para sorprenderse de que una decena de carcamales fuera a jugar un partido.
Se lanzó una moneda al aire, se eligió campo y se desplegaron los jugadores con  su vestimenta heterogénea. Lucio acomodaba el balón en el punto de saque cuando Bruno, mediante un silbido, convocó a los suyos bajo los palos de su portería. Los otros se miraron entre sí, expectantes. Lucio corrió para llegar primero, apoyó las manos en las piernas flexionadas y sin dejar de resollar miró a Bruno fijamente.
–¿Estamos o no estamos juntos en esto? –inquirió.
–No he tomado la medicación desde hace semanas –respondió Bruno en voz baja.
–Bien.
–Bien.
Enseguida llegó el resto. Bruno ordenó entrelazar brazos con hombros, formando un círculo. Gritó:
–¡A muerte!
Los demás se sorprendieron, no se había acordado un grito de guerra, pero éste les pareció heroico y, con una leve sacudida del torso, corearon con entusiasmo:
–¡A muerte!
Bruno y Lucio intercambiaron un guiño y el equipo salió al trote a darlo todo.

 

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